martes, 19 de julio de 2011

Nilaveli II - Sri Lanka




Después de mis incursiones en solitario por Sirigiria y Polonnaruwa, mi reencuentro con Nilaveli me deparó nuevas inmersiones en Pigeon Island, disfrutando de nuevo de sus maravillosos fondos con Marga y los niños.

Pudimos disfrutar también de la calma de las playas cercanas de Nilaveli Beach Hotel incluida su piscina a pie de playa.

Por la tarde, Marga y yo nos escapamos a Trincomale en un toc toc mientras los niños se quedaban en el hotel. Con Miguel de 17 años y Pablo con 15, estábamos tranquilos respecto a Hugo.

A los diez minutos de salir unos nubarrones avisaban de una gran tromba de agua. Un minuto después cayó el diluvio sobre nosotros, y aunque el motocarro tenía unas cortinillas especiales para esas ocasiones, no impidieron que el agua entrara.

El dueño del motocarro, un muchacho de unos veintipocos años, había pasado antes por su casa camino de Trincomale. Allí había recogido las cortinillas del toc toc para la lluvia, el preveía lo del diluvio y de paso aprovechó para presentarnos a su familia, en ese momento estaban su suegra y sus dos hijas, muy guapas y simpáticas.
Reemprendimos el camino, pero en cuanto las condiciones se pusieron peores, con un viento racheado bastante poderoso que hacía que la lluvia entrara por todos los lados en el motocarro, decidimos darnos la vuelta.

Así que nuestra visita a Trincomale (para mí la segunda) se quedó en un paseo de 20 minutos en toc toc.




























































































Volvimos al hotel y disfrutamos de la tormenta desde cobertizo del restaurante con los demás turistas. La enorme sombra de las nubes se cernía por el horizonte del Índico, oscureciendo por momentos todo el mar. Los turistas tomábamos fotos de ese anochecer anticipado, ya que la singularidad de la luz era preciosa.

Poco a poco la tormenta amainó e incluso salió el sol a ratos.

Decidí darme una vuelta por el lado Norte de la playa (a la izquierda según se mira al mar). La playa Sur acababa a 200 metros, ya que allí había un puesto de militares y no se podía pasar.

Pero el Norte era infinito en sorpresas. Nada más echar a andar, una muchedumbre de nativos se bañaba en sus orillas. Llamó mi atención entre ellos un grupo de mujeres alegres y risueñas con el vestido puesto. Otro grupo de ellas jugaba en la playa al voleibol.

Empecé a disparar mi cámara ya que me parecía una escena preciosa, pero una de las mujeres más mayores que jugaba al vóley se dirigió a mí con el índice moviéndolo a un lado y a otro, en clara desaprobación de mis tomas fotográficas. Por lo visto eran futuras monjas o algo parecido, todas con su crucifijo colgando. Me disculpé con una sonrisa y recibí otra como respuesta.

Seguí andando por la playa, un kilómetro más allá unos pescadores recogían sus redes y las iban amontonando en la arena. Estos habían salido en la barca típica de colores que entonces estaba varada en la arena. Era un espectáculo verlos trabajar con sus redes, amontonando también cuerdas de enormes longitudes. Un grupo de cuervos disputaban a un pequeño perro los restos de la pesca que los nativos habían dejado en la playa.
Al fondo el cielo gris y Pigeon Island componían un cuadro único.






















































































200 metros más allá otro grupo de pescadores tiraban desde la playa de sus redes, practicando la pesca de arrastre desde tierra.
Esta vez sí podría ver la faena completa desde tierra, no como en Trincomale. Allí tiraban todos de los dos cabos de cuerda que salían del agua; hombres, chavales y mujeres perfectamente coordinados por el saber que da el haberlo hecho cientos de veces.

Se reían al verme tirar fotos. Aunque me quedé hasta el final, todavía quedaba algo de tiempo para sacar las redes del agua. Así que después de realizar varias tomas me dirigí 100 metros más allá, donde parecía que había un poblado de pescadores. Vivian en una especies de chozas construidas con hojas de palmeras, sus casas color pajizo estaban situadas donde terminaba la playa y comenzaba la densa selva de Sri Lanka.

Al pie de las casas tenían extendidas las redes para que se secaran y las barcas, algunas cubiertas con hojas de palmeras también. Algunas construcciones eran simples cobertizos con techo y cuatro palos de madera, pero sin paredes. Otras tenían una construcción más elaborada y hacían las veces de viviendas, donde la ropa aparecía tendida por cualquier lado.

No me recibieron muy bien, más bien parecía que me miraban con recelo, por lo que no estuve mucho tiempo. Después de todo estaba en su casa y era entendible. Me marché discretamente haciendo fotos a las pintorescas barcas.







































































Volví para ver terminar la faena de pesca desde tierra. En los minutos finales de la faena algunos pescadores dejaban de tirar de las cuerdas y recogían las redes directamente desde el agua. Un amasijo bastante pesado parecía el fruto de lo conseguido, pero aunque en apariencia era pesadísimo, la recompensa era de unos cinco o seis peces grandes mezclados con muchos pequeños y sobre todo con una gran cantidad de algas.

Apareció un pez corneta de los que yo había filmado en Pigeon Island, mientras las mujeres recogían los peces más pequeños y la noche caía irremediablemente.

Un trabajo enorme y de tanta gente para tan poca recompensa. La verdad es que en estos países uno se replantea constantemente las absurdas quejas de “nuestro mundo”.
Supongo que tendrían días mejores, aparte de que este método de pesca primitivo lo combinan con otros más avanzados dónde sacan más provecho. Pero aun así una vida esforzada y dura.
















































De vuelta al hotel encontré a un grupo de nativos bailando a la luz de las hogueras
Llegué al hotel y nos bañamos una vez más en la piscina. Después de cenar encontramos en los jardines un precioso ejemplar de sapo Bufo melanostictus o sapo de púas negro de de Sri Lanka. No pude resistirme y saqué mi cámara para retratar al anfibio.

Al día siguiente nos iríamos a Colombo para tomar un vuelo a Delhi. Ya dije en su momento que nuestro propósito inicial no era ir a Sri Lanka y que por lo tanto nuestro vuelo de vuelta a España partía de Delhi. Cambiamos las playas del Oeste de la India, como Kerala o Goa, o del Este, como las islas Adaman, por las de Sri Lanka, buscando un tiempo más favorable que el monzónico en toda la India.

El tiempo en el Este de Sri Lanka fue perfecto, país donde el monzón está en el Oeste en los meses de verano. Por el contrario, el disfrute de Nilaveli en Sri Lanka también nos obligaba a realizar el trayecto de ida y vuelta a la India, puesto que la vuelta estaba cerrada.

Nuestra partida de Nilaveli a Colombo estaba programada para después desayunar, a la hora que habíamos quedado con nuestro conductor, al que había conocido cuando viajé a Sirigiya y Polonnaruwa.




Ese día me levanté muy temprano, así que aproveche para tomar fotos. Descubrí que uno de los hoteles cerrados y arrasado por el tsunami de 2004, justo al lado del nuestro, estaba lleno de aves exóticas y otro tipo de animales.
Me adentré tras una alambrada que cercaba las ruinas del hotel, un hotel como pudiera ser en su momento el de Nilaveli beath. Allí se hallaba, derruido, donde la naturaleza recobraba terreno repoblando las paredes y los suelos del antiguo recinto.

Aparecieron lagartos y camaleones por sus jardines, incluso en un pequeño riachuelo encontré un enorme buey de mar. Enormes colmenas de abejas se escondían en los derruidos edificios abandonados. Los martines pescadores azulados eran los dueños del hotel junto a un sinfín de aves de todo tipo, por lo que pasé más de una hora entretenido con mi cámara.

Entre tanta ruina, pensaba en los muchos que no pudieron volver a poner en pie sus negocios que florecían antes del tsunami, o simplemente pensaron que si pasó una vez, podía volver a pasar y no se arriesgaron a ver de nuevo destrozadas sus ilusiones.

El Nilaveli Beach Hotel sobrevivía sin apenas competencia en estas bellas playas y en un entorno único y privilegiado.

Dejamos el maravilloso Índico, inmenso y lleno de vida, esperando volver a ver algún día este hermoso y gran azul.





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