miércoles, 17 de agosto de 2011

Delhi





Aunque estuvimos en Delhi el primer día de estreno de nuestro viaje por la India, no habíamos visto nada de la capital puesto que al día siguiente partíamos a Kathmandu y sobre todo porque perdimos mucho tiempo en reclamar algunas de nuestras desaparecidas maletas (las que iban en la bodega del avión). Además como habíamos llegado a Delhi vía Doha después de tres vuelos (uno más del requerido) al haber perdido el enlace en Estambul tuvimos todavía menos tiempo en Delhi.

Ese día cansados y con poco tiempo lo dedicamos a recuperarnos de nuestro accidentado viaje.

Pero esta vez teníamos dos días por delante para visitar la ciudad. A estas alturas de un viaje de 27 días y después de venir de las maravillosas playas de Nilaveli, Delhi se nos antojaba como una ciudad excesiva.

Habíamos tenido nuestra cota de contratiempos en nuestro viaje de vuelta Colombo Delhi vía Chennai. Resulta que a la ida todo el equipaje facturado a Colombo llegaba directamente a Colombo a pesar de la escala en Chennai, como es habitual. Pero a la vuelta, las particularidades de la burocracia aeroportuaria Srilankesa requerían que el pasajero recogiera sus maletas en la ciudad de escala (Chennai) y volviera a facturarlas para el segundo trayecto (Chennai-Colombo).





































































El problema es que nosotros no lo sabíamos y justo antes de embarcar para el segundo vuelo un funcionario del aeropuerto de Chennai nos puso al tanto de todo. Ya habíamos pasado innumerables controles y pasillos de dos kilómetros de largo y había que desandar el camino para recuperar nuestro equipaje. Me lance en una carrera junto al funcionario para volver al lugar donde se estaban descargando nuestras maletas con 20 minutos de margen para nuestro segundo vuelo (Chennai – Delhi). Corría lo más rápido que podía por los pasillos del aeropuerto pero supeditado al ritmo del funcionario al que tenía que esperar de vez en cuando para no dejarlo atrás y sobre todo cuando debíamos pasar los controles, ya que sin su presencia no hubiera podido pasar sin enseñar ningún papel. El recitaba una frase cada vez que llegaba a un control y pasábamos volando saltándonos las colas de gente.
Recuperamos el equipaje (tres grandes mochilas) y a la carrera llegamos a tiempo de facturarlo y todavía sobró algo de tiempo. Allí me esperaban Marga y los niños con cara de alivio al verme llegar.

Así que si uno vuela a Delhi vía Chennai desde Colombo debe asegurarse de conocer si sus maletas se facturarán directamente a Delhi o por el contrario deben recogerse en Chennai. En nuestro caso volando con JetLite, sólo el viaje de vuelta requería de la recogida de maletas en la escala.

Una vez en Delhi habíamos cambiado nuestro hotel del hotel primer día por otro mucho mejor y a mitad de precio.

Comimos de nuevo en un Mcdonal para descansar un poco de la comida India y nos adentramos por alguno de los mercados de la ciudad.































































En uno de los rincones del mercado pudimos ver como un par de hombres se afanaban tiñendo ropa en un par de grandes cacerolas. Pudimos contemplar también como allí las ruedas de los coches cuyo dibujo se había desgastado por completo cobraban de nuevo vida, ya que había artesanos del caucho que volvían a poner una capa de 2 cm o más de este material, según el tamaño de la rueda, y luego creaban nuevos dibujos o surcos dejándola como nueva. Aquí todo vale, nada se tira.

Volvimos a ver gente planchando con las antiguas planchas de carbón, puestos donde se vendía todo y nada, gente durmiendo en la calle y esforzados del bicicarro.

Al día siguiente nos entretuvimos en comprar algún regalo. A estas alturas, como he dicho antes, estábamos bastante cansados. Así que me adentré en solitario hacia el Fuerte Rojo o Lal Qila, mientras Marga y los niños alternaban alguna compra con estancias en el hotel, donde bajo el aire acondicionado daban cuenta de las vistosas coreografías del cine Bollywoodiense.

Me dirigía al fuerte cuando un bicicarro paró, el muchacho se ofreció a llevarme hasta allí, acepté puesto no tenía prisa por llegar y no había montado todavía en ningún bicicarro en la India. A dos kilómetros del fuerte me baje del bicicarro y estuve husmeando por el enorme y famoso mercado de Chatta Chowk.





























































Me costó llegar hasta el fuerte ya que el trasiego del mercado atraía mi atención, como casi siempre las personas y sus circunstancias me llamaban más que las piedras.

El mercado era fascinante; toda clase puestos de comida eran ofrecidos a los diversos transeúntes que por allí pasaban, dulces o salados o puestos de frutas cortadas, bebidas extrañas en grandes recipientes de aluminio o barro servidos en cazos. Más allá otros puestos ofrecían telas multicolores que terminarían ceñidas a los cuerpos de mujeres indias. No faltaban los puestos de camisetas o vaqueros, de herramientas, anillos, pulseras, gafas, libros o lámparas viejas, alfombras, gorros, zapatos, relojes…. Y entre tanta mercancía cientos de bicicarros, algunos con familias enteras dentro de ellos sorteando coches y autobuses abarrotados que apenas se movían en el espeso tráfico de Delhi. No faltaban tampoco los señores con aire venerable enfundados en su turbante y barba espesa. Un mercado de verduras dentro de un patio inmenso rodeado de casas y unas cuantas cabras devorando los restos. El olor a especias inundaba el ambiente; canela, azafrán, curri, casi se podía masticar.

Entre tanto colorido no faltaban las caras angélicas o no tanto de la mujer india, niñas, jóvenes y mujeres mayores con océanos de arrugas en su cara, como si cada arruga hubiera sido cincelada por los infortunios o inclemencias de la vida. Caras con personalidad, algunas auténticas bellezas orientales.
Los niños también estaban por todos lados, aunque casi siempre en el puesto que su familia regentaba, ayudando o directamente encargados del negocio.
























































Llegué al fuerte rojo embriagado por sensaciones del mercado de Chatta Chowk, más fuertes si cabe al mediar en mi corazón la huella del el último día. El inmenso fuerte rojizo, precioso ya en la antesala de su entrada principal de Lahore me esperaba, pero una duda anidaba en mi interior cada vez con más fuerza. El mercado, sus gentes y sus vidas me llamaban a gritos, la visita al fuerte me privaría de dos horas sintiendo el pálpito de aquellas gentes. Después de un rato pensando decidí verlo por fuera. Eran mis últimas horas de un viaje maravilloso y por otra parte me parecía que había visitado 9000 fuertes.
Me entretuve merodeando por las preciosas murallas rojizas de su fachada de arenisca, viendo el constante entrar y salir de la gente de la inmensa fortaleza, contemplé como una parte de la muralla en forma de bastión estaba siendo reparada, pero donde unos horribles andamios hubieran dejado una visión de la fachada adulterada, los socorridos y bellos andamios de bambú no sólo no viciaban la visión si no que agraciaban y realzaban el fuerte. Su construcción se realizó en 10 años ( 1638-1648) y su muralla es de 2,5 Km de largo, con una altura que varía entre 16 y 33 metros, además un foso de 9 metros de profundidad protegía la fortaleza.

El fuerte rojo fue la residencia real del emperador mongol Shah Jahan, el cual trasladó la capital de su imperio de Agra a Delhi. El precioso fuerte fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2007.






































Después de unos 20 minutos me di la vuelta y volví al mercado, al final estaba haciendo lo mismo que Marga y los niños que andaban husmeando en otro mercado. Me había escapado en solitario a ver el fuerte y termine atrapado del frenesí del mercado Chatta Chowk.
Unas dos horas estuve trasteando y hablando con las gentes del mercado entre un alboroto que mecía los sentidos. Retraté a todo aquel que se dejó casi siempre de buena gana. Entre foto y foto compré algunos regalillos.

Se me escapaban los últimos minutos en la India y por eso mismo sentía más intensamente aquellos momentos, con cierta nostalgia anticipada como me pasaba en la mayoría de los viajes. Recordaba ya lo lejos que quedaba nuestros inicios por el maravilloso Nepal, la dura y fascinante India y la tranquila y amable Sri Lanka.

Todo había salido bien, incluso las tres entradas que hicimos en la India sin la tramitación FRRO (Foreign Registration Office). Este último comentario daría para dos entradas más, pero debido al hastío que me produce este tema, que sólo parece hecho para tocar los cojons, lo dejo en un simple comentario.

Mientras retrataba a los esforzados muchachos del bicicarro bañados en ríos de sudor, algunos con mercancías monstruosamente grandes, pensaba una vez más en lo maravilloso que es viajar, a veces simplemente con ir al pueblo de al lado de tu ciudad quedas sorprendido, sólo hay que dejarse.
Pensaba también en la posibilidad de que en 10, 20 o 30 años los combustibles dependientes del petróleo se agoten y por tanto se encarezcan tanto que sólo los ricos puedan viajar en avión. Bueno, siempre podríamos volver a cruzar los mares en barco, tardaríamos más en llegar ¡ pero que aventura tan increíble sería llegar!, o atravesar media África en bus o incluso en bici. Todo está ahí esperándonos a que nos decidamos.

Muchas vece es decir que sí y ya está. Como he dicho alguna vez, cuando compras un pasaje de vuelo a algún destino ya estás comprometido e ilusionado con un viaje.






















El viaje no hace falta que sea a la conchinchina, de hecho mi último viaje Madrid- Santiago de Compostela en bici me resultó fascinante. Un viaje hacia dentro y hacia afuera, con el ritmo lento que dan los desplazamientos sin motor, donde todo es más fácil de absorber. Las paradas en cada pueblecito disfrutando de sus arquitecturas con iglesias u otros edificios nobles, tan diferentes los pueblos de Segovia y Valladolid (duros y rodeados de inmensas cosechas de trigo) de los de León y Galicia, más montañosos y verdes y con arquitecturas en piedra y apizarradas. Las conversaciones en cada población, en la misma plaza del pueblo, con cualquiera que se arrimara a mi vera y me contara lo bien que habían ido las cosechas ese año, entre olores de paja, vino , piedra y cirio de iglesia, y el eco o cuneo de cientos de golondrinas en vuelo.
Un viaje sencillo pero apasionante.

Tenemos una aventura a la vuelta de la esquina, aparte de la que es el mismo hecho de vivir.


Me reuní con Marga y los niños, ellos habían comprado algunas cosillas también. Nos fuimos a cenar con sentimientos contradictorios, por una parte percibíamos cierta congoja al ver que nuestro viaje se acababa, por otra sentíamos alivio al ver que todo había salido bien y echábamos de menos nuestra casa.


India, Nepal y Sri Lanka quedarían atrás en el tiempo y presentes en nuestras almas. Aun así, es tan fuerte sus huellas, tan especiales y embriagadoras, que no queda otra opción que quererlas y echarlas de menos. Cada lugar , cada población, cada paisaje, desde la silueta imponente del Annapurna en Nepal, las ráfagas mágicas de la India y el gran azul del Indico de Sri Lanka. Sí es verdad que son países duros por sus miserias en cada esquina, sobre todo la India, miserias que te asaltan en cada momento, visiones brutales, donde la muerte no se esconde en tanatorios si no que se huele y está en la calle, a veces la ves directamente, otras la intuyes en cada escena, a cada paso la ves, camuflada de desnutrición, de pobreza, enfermedades y miserias, de caras que hablan de dureza extrema, dolor y agonía.

En realidad esta es la auténtica verdad. En nuestro mundo “civilizado” no parece que exista la muerte, está escondida entre anuncios y proyectos de futuro, como si con ello la enterráramos y viviéramos de espaldas a ella. Quizá sea más auténtico allí, menos hipócrita.

El turista se queda al final con lo mejor, pero está obligado a mirar esa miseria, a percibirla como suya, a reconocerla como algo propio. Después de todo, sólo la casualidad hace que vengamos al mundo en un lugar o en otro, y de esa casualidad depende nuestro destino.
Eso queremos que vean también nuestros hijos, no sólo los edificios emblemáticos y las hermosas playas, también las dificultades de un mundo injusto. Que aprendan a querer a otros pueblos, que sepan apreciar a cualquier raza o color de piel, que las perciban como suyas y no como intrusos cuando están en nuestro país, que las disculpen cuando “se equivoquen” y no personalicen en el país de origen, porque en nuestro país también nos “equivocamos”.

Al final el medio condiciona de manera brutal tu vida. Mucha de esta gente sólo vive para sobrevivir, no tienen tiempo de mirar las estrellas, no tienen tiempo para lo secundario.
Llenar la tripa es lo prioritario, si estas necesidades están cubiertas viene el ocio y lo superfluo, e incluso llega la cultura para escapar y cultivarse... pero sin la tripa llena no hay nada más, sólo una vida esforzada en busca de un pedazo de pan.

Nadie puede reprochar nada al que ha vivido en esas condiciones, da igual lo que luego haga con su vida, esta no le ha dado muchas oportunidades.










































Realizamos todavía una última compra ya entrada la noche. En una esquinita de una callejuela asomaban cacharros viejos de todo tipo, motores quemados o rotos, aspiradoras desarmadas, televisores destrozados, relojes con horas muertas. Todo parecía desparramarse por el suelo desde una estancia desvencijada de dos por dos. Dentro un niño estaba recostado en una butaca de mimbre sin respaldo y con la cabeza encogida por las lámparas viejas que colgaban del techo. En un cajón a modo de mesita languidecía un viejo candil. Al pasar lo vi. Allí estaba el ábaco gigante de la India, empotrado entre alambres de cobre y estaño. Había estado buscándolo durante todo el viaje sin éxito. Yo ya tenía dos en casa pero un poco más pequeños que este, pero buscaba de este tamaño.
Resulta que en muchos países hay ábacos de diferentes tamaños y colores, en Japón, Korea y China son pequeños y rectangulares con cuentas aplanadas en los bordes con una parte central más ancha, suelen ser de madera aunque los hay de plástico y con más colores, normalmente este es el tamaño estándar, de unos 30 por 15 aproximadamente.

Pero hay unos ábacos esplendorosos en India, de un tamaño colosal y con unas cuentas o bolas de un tamaño superior a una pelota de golf, además cada hilera de bolas tiene un color, normalmente bastante llamativo.

Este era bastante vistoso, tenía la hilera de las unidades de color amarillo albero (10 cuentas), las decenas eran rojo uva (9), las centenas azul cobalto (8), las unidades de millar en color marfil (7), las decenas de millar en verde botella (6), las centenas de millar eran de color madera ébano (5), la unidad de millón en amarillo limón (4), las decenas de millón rojo ciruela (3), las centenas de millón de nuevo azul cobalto más oscurecido (2) y el billón americano o mil millones europeo de nuevo en marfil (1).

El marco del ábaco en color castaño, era sobrio por lo que ayudaba a realzar el juego de cuentas. Las barras transversales de hierro eran fuertes y robustas, de un diámetro de 0,5 centímetros. Dos patas abiertas en “V” invertida daban estabilidad al enorme ábaco.

Sabía que en la India y otras partes de Asia se seguía usando el ábaco en algunos comercios, sobre todo por parte de algunos agricultores a la hora de vender sus productos.
Para mí este ábaco tenía un significado especial, ya que no era un mero adorno si no que constituía un artilugio en uso, quizá no por mucho tiempo. Era un artilugio vivo, un ingenio actual al borde de la extinción y eso le confería un carácter especial.


















Me pareció una preciosidad a pesar de que estaba bastante sucio. No tardamos mucho en llegar a un acuerdo en el precio, no quisimos apenas regatear ya que el precio que me dio el niño de salida no fue alto.

Nos llevamos el enorme ábaco, armatoste colosal, ante la mirada de incredulidad de un hombre mayor y barrigudo que reposaba su espalda en la puerta de al lado, este con la cara sin afeitar y la boca abierta parecía decir con la mirada: ¿Cómo puede haber ganado dinero este niño vendiendo esos cuatro palos?

Nos despedimos del niño y nos ofreció su mejor sonrisa, con el dinero todavía en las manos atravesó una puerta en penumbra y desapareció corriendo escaleras arriba.

gtrevice



India Nepal Sri Lanka from gtrevice on Vimeo.


martes, 19 de julio de 2011

Nilaveli II - Sri Lanka




Después de mis incursiones en solitario por Sirigiria y Polonnaruwa, mi reencuentro con Nilaveli me deparó nuevas inmersiones en Pigeon Island, disfrutando de nuevo de sus maravillosos fondos con Marga y los niños.

Pudimos disfrutar también de la calma de las playas cercanas de Nilaveli Beach Hotel incluida su piscina a pie de playa.

Por la tarde, Marga y yo nos escapamos a Trincomale en un toc toc mientras los niños se quedaban en el hotel. Con Miguel de 17 años y Pablo con 15, estábamos tranquilos respecto a Hugo.

A los diez minutos de salir unos nubarrones avisaban de una gran tromba de agua. Un minuto después cayó el diluvio sobre nosotros, y aunque el motocarro tenía unas cortinillas especiales para esas ocasiones, no impidieron que el agua entrara.

El dueño del motocarro, un muchacho de unos veintipocos años, había pasado antes por su casa camino de Trincomale. Allí había recogido las cortinillas del toc toc para la lluvia, el preveía lo del diluvio y de paso aprovechó para presentarnos a su familia, en ese momento estaban su suegra y sus dos hijas, muy guapas y simpáticas.
Reemprendimos el camino, pero en cuanto las condiciones se pusieron peores, con un viento racheado bastante poderoso que hacía que la lluvia entrara por todos los lados en el motocarro, decidimos darnos la vuelta.

Así que nuestra visita a Trincomale (para mí la segunda) se quedó en un paseo de 20 minutos en toc toc.




























































































Volvimos al hotel y disfrutamos de la tormenta desde cobertizo del restaurante con los demás turistas. La enorme sombra de las nubes se cernía por el horizonte del Índico, oscureciendo por momentos todo el mar. Los turistas tomábamos fotos de ese anochecer anticipado, ya que la singularidad de la luz era preciosa.

Poco a poco la tormenta amainó e incluso salió el sol a ratos.

Decidí darme una vuelta por el lado Norte de la playa (a la izquierda según se mira al mar). La playa Sur acababa a 200 metros, ya que allí había un puesto de militares y no se podía pasar.

Pero el Norte era infinito en sorpresas. Nada más echar a andar, una muchedumbre de nativos se bañaba en sus orillas. Llamó mi atención entre ellos un grupo de mujeres alegres y risueñas con el vestido puesto. Otro grupo de ellas jugaba en la playa al voleibol.

Empecé a disparar mi cámara ya que me parecía una escena preciosa, pero una de las mujeres más mayores que jugaba al vóley se dirigió a mí con el índice moviéndolo a un lado y a otro, en clara desaprobación de mis tomas fotográficas. Por lo visto eran futuras monjas o algo parecido, todas con su crucifijo colgando. Me disculpé con una sonrisa y recibí otra como respuesta.

Seguí andando por la playa, un kilómetro más allá unos pescadores recogían sus redes y las iban amontonando en la arena. Estos habían salido en la barca típica de colores que entonces estaba varada en la arena. Era un espectáculo verlos trabajar con sus redes, amontonando también cuerdas de enormes longitudes. Un grupo de cuervos disputaban a un pequeño perro los restos de la pesca que los nativos habían dejado en la playa.
Al fondo el cielo gris y Pigeon Island componían un cuadro único.






















































































200 metros más allá otro grupo de pescadores tiraban desde la playa de sus redes, practicando la pesca de arrastre desde tierra.
Esta vez sí podría ver la faena completa desde tierra, no como en Trincomale. Allí tiraban todos de los dos cabos de cuerda que salían del agua; hombres, chavales y mujeres perfectamente coordinados por el saber que da el haberlo hecho cientos de veces.

Se reían al verme tirar fotos. Aunque me quedé hasta el final, todavía quedaba algo de tiempo para sacar las redes del agua. Así que después de realizar varias tomas me dirigí 100 metros más allá, donde parecía que había un poblado de pescadores. Vivian en una especies de chozas construidas con hojas de palmeras, sus casas color pajizo estaban situadas donde terminaba la playa y comenzaba la densa selva de Sri Lanka.

Al pie de las casas tenían extendidas las redes para que se secaran y las barcas, algunas cubiertas con hojas de palmeras también. Algunas construcciones eran simples cobertizos con techo y cuatro palos de madera, pero sin paredes. Otras tenían una construcción más elaborada y hacían las veces de viviendas, donde la ropa aparecía tendida por cualquier lado.

No me recibieron muy bien, más bien parecía que me miraban con recelo, por lo que no estuve mucho tiempo. Después de todo estaba en su casa y era entendible. Me marché discretamente haciendo fotos a las pintorescas barcas.







































































Volví para ver terminar la faena de pesca desde tierra. En los minutos finales de la faena algunos pescadores dejaban de tirar de las cuerdas y recogían las redes directamente desde el agua. Un amasijo bastante pesado parecía el fruto de lo conseguido, pero aunque en apariencia era pesadísimo, la recompensa era de unos cinco o seis peces grandes mezclados con muchos pequeños y sobre todo con una gran cantidad de algas.

Apareció un pez corneta de los que yo había filmado en Pigeon Island, mientras las mujeres recogían los peces más pequeños y la noche caía irremediablemente.

Un trabajo enorme y de tanta gente para tan poca recompensa. La verdad es que en estos países uno se replantea constantemente las absurdas quejas de “nuestro mundo”.
Supongo que tendrían días mejores, aparte de que este método de pesca primitivo lo combinan con otros más avanzados dónde sacan más provecho. Pero aun así una vida esforzada y dura.
















































De vuelta al hotel encontré a un grupo de nativos bailando a la luz de las hogueras
Llegué al hotel y nos bañamos una vez más en la piscina. Después de cenar encontramos en los jardines un precioso ejemplar de sapo Bufo melanostictus o sapo de púas negro de de Sri Lanka. No pude resistirme y saqué mi cámara para retratar al anfibio.

Al día siguiente nos iríamos a Colombo para tomar un vuelo a Delhi. Ya dije en su momento que nuestro propósito inicial no era ir a Sri Lanka y que por lo tanto nuestro vuelo de vuelta a España partía de Delhi. Cambiamos las playas del Oeste de la India, como Kerala o Goa, o del Este, como las islas Adaman, por las de Sri Lanka, buscando un tiempo más favorable que el monzónico en toda la India.

El tiempo en el Este de Sri Lanka fue perfecto, país donde el monzón está en el Oeste en los meses de verano. Por el contrario, el disfrute de Nilaveli en Sri Lanka también nos obligaba a realizar el trayecto de ida y vuelta a la India, puesto que la vuelta estaba cerrada.

Nuestra partida de Nilaveli a Colombo estaba programada para después desayunar, a la hora que habíamos quedado con nuestro conductor, al que había conocido cuando viajé a Sirigiya y Polonnaruwa.




Ese día me levanté muy temprano, así que aproveche para tomar fotos. Descubrí que uno de los hoteles cerrados y arrasado por el tsunami de 2004, justo al lado del nuestro, estaba lleno de aves exóticas y otro tipo de animales.
Me adentré tras una alambrada que cercaba las ruinas del hotel, un hotel como pudiera ser en su momento el de Nilaveli beath. Allí se hallaba, derruido, donde la naturaleza recobraba terreno repoblando las paredes y los suelos del antiguo recinto.

Aparecieron lagartos y camaleones por sus jardines, incluso en un pequeño riachuelo encontré un enorme buey de mar. Enormes colmenas de abejas se escondían en los derruidos edificios abandonados. Los martines pescadores azulados eran los dueños del hotel junto a un sinfín de aves de todo tipo, por lo que pasé más de una hora entretenido con mi cámara.

Entre tanta ruina, pensaba en los muchos que no pudieron volver a poner en pie sus negocios que florecían antes del tsunami, o simplemente pensaron que si pasó una vez, podía volver a pasar y no se arriesgaron a ver de nuevo destrozadas sus ilusiones.

El Nilaveli Beach Hotel sobrevivía sin apenas competencia en estas bellas playas y en un entorno único y privilegiado.

Dejamos el maravilloso Índico, inmenso y lleno de vida, esperando volver a ver algún día este hermoso y gran azul.





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